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jueves, 8 de marzo de 2018

8-M

              No me andaré con rodeos, apoyo las manifestaciones del 8-M, defiendo la igualdad plena entre hombres y mujeres y por lo tanto, soy feminista.

             Sí, digo que soy feminista o por lo menos, lo intento ser lo mejor posible, aceptando para dicha atribución que me hago, la definición de feminista que da la Real Academia Española (respetable institución que no creo que pueda ser acusada de revolucionaria), la cual, lo engloba dentro del feminismo y que lo define como un movimiento que defiende la igualdad de derechos de la mujer y el hombre. Y el derecho a la igualdad no es eslogan ni una etiqueta, ni la supremacía o una lucha de una parte de la población sobre otra parte como dicen algunos que no tiene por costumbre coger un diccionario ni aunque se lo tirases contra la cabeza, sino algo que debería ser inherente a toda democracia en la que se aspire a que todos sus ciudadanos convivan en armonía.

            Es una realidad que hoy en día, año 2018, el machismo existe en España y en el resto del mundo, no nos creamos tan especiales. En este sentido, yo considero que si no el 100%, sí el 99,9% de la población mundial, en al menos algún momento de nuestras vidas hemos pensado, dicho, actuado o nos hemos comportado de forma machista. Esto no quiere decir que todos seamos igual de culpables de la realidad existente, ni debamos hacernos el harakiri de manera masiva, ni que, de perdidos al río… ¿para qué cambiar? Todo lo contrario, si realmente queremos combatir las diferencias que se dan en el día a día de todas las personas, tenemos que aprender a reconocer nuestros errores, aprender de ellos y corregirlos, porque este movimiento, no busca, o por lo menos yo lo entiendo así, el castigo generalizado, sino la reeducación que nos permita hacer las mismas cosas y comportarnos de igual manera, sin que ellos implique juicios diferenciados.

También me gustaría matizar que cuando se habla de machismo no se habla sólo de la violencia física o verbal de un hombre hacia una mujer, que resultan los casos más visibles y que más titulares ocupan en los medios y que de los cuales la justicia se debe encargar de ellos con medidas eficaces; sino de un sinfín de elementos que nos encasillan a todas las personas en una serie de roles acordes, no a nuestras capacidades o formas de ser, sino a nuestros atributos sexuales, lo cual acaba generando que se produzcan hechos como la brecha salarial, las posibilidades y características de empleabilidad o de promoción dentro de las empresas, e incluso nuestras labores y funciones dentro del ámbito doméstico y familiar como hacer las labores domésticas, cuidar a los niños o a personas dependientes, el control de los dispositivos electrónicos o la ropa con la que se visten ellas. Pero que no afecta sólo a las mujeres, como en estos casos, sino que también afecta a los hombres, pues nos obliga a tener comportamientos y actitudes concretas, por lo menos de cara al público, y que por ejemplo, hace que tengamos que mostrarnos siempre seguros y decididos, no poder llorar o que se nos coarte el derecho a denunciar una agresión por miedo a que se ponga en duda nuestra masculinidad u hombría.

Este estereotipo de roles nos llega por infinidad de canales. El principal de ellos es el que se reproduce a través de la educación que recibimos en nuestras casas, donde se atribuyen comportamientos, tareas, prendas y actividades diferentes si eres mujer u hombre desde la más tierna infancia. Esto, por supuesto tiene su prolongación en la calle, donde vemos cómo cada persona sufre realidades diferentes en función de su sexo, sobre todo dentro del mundo laboral, en el cual se manifiesta de manera muy clara las diferencias entre hombres y mujeres. A las personas se nos debería juzgar por nuestras aptitudes y actitudes, y no por nuestros atributos sexuales, ni por ninguna otra cuestión, y esto debería ser igualmente válido para todas las tendencias económicas con las que se simpatice. Pero dentro de un ideario conservador, retrógrado y reaccionario, el ir más allá del sexo, esto no tiene cabida, y de esta manera se explica la anteriormente mencionada brecha salarial, la falta de promoción de las mujeres, la renuncia a una vida familiar si se aspira dicha promoción o la falta de libertad, o exceso de control hacia las mujeres sobre su trabajo y el cómo desarrollarlo, incluido en su forma de vestir y maquillarse.

Si pasamos a los medios de comunicación, esta discriminación se vuelve ya vergonzante. Empezando por la mayoría de los reality show donde se expone una clara separación de roles en función de los sexos, llegando hasta un inocente programa de venta de caravanas donde las mujeres hablan de las cocinas de las mismas, mientras que los hombres lo hacen de los motores, y pasando por cualquier concurso donde las mujeres salen en modo florero tras el panel de turno. En los deportes, referente universal para muchas cosas, vemos como si un deporte lo desarrolla un hombre genera más dinero y los medios de comunicación les otorgan mucho más espacio que cuando lo desarrollan las mujeres. Todo esto viene acompañados de los anuncios. No voy a analizar esos anuncios en los que salen tanto hombres como mujeres medio en bolas anunciando perfumes, cremas, ropa interior o chorradas varias y donde a todos se les trata como objetos (aquí si hay igualdad), sino de aquellos que reafirman roles como en los que aparecen mujeres hablando del ahorro en casa, anunciando tiendas de textiles, electrodomésticos o productos de limpieza o sencillamente como un elemento de atracción hacia los hombres, como son anuncios de cervezas o de coches donde se muestran mujeres sugerentes.

Tampoco podemos dejar de analizar a nuestras élites. Dentro de la política española no ha habido hasta la fecha ninguna presidenta nacional, de los actuales 14 miembros del gobierno, hay 5 mujeres por 9 hombres; es estos momentos, sólo 4 de las 17 Comunidades Autónomas están gobernadas por mujeres (algunas de estas políticas ni siquiera se ha enterado de en qué consiste el feminismo); dentro del congreso de los diputados, de los 350 diputados, 144 son mujeres, lo que representa el 41,1% del total. En el mundo económico, las mujeres suponen el 13% de los altos directivos del Ibex, y hay empresas como Acerinox, ArcelorMittal, Merlin Properties y Siemens Gamesa que no tienen altas directivas. En el mundo académico, las rectoras representan el 10% del total de los rectores de las universidades españoles. Así podríamos seguir dando un sinfín de ejemplos que no se entienden, y me gustaría remarcar que si no hay mujeres en puestos altos no se debe precisamente a su falta de formación como decía alguna ignorante de la realidad que se dedica a gobernar, ya que las mujeres representan el 55% de los universitarios de España. Si a esto añadimos la tasa de mujeres que son referentes en ciencia y tecnología, y son reconocidas en dichos campos, esto nos lleva pensar que hay algo más detrás, el famoso techo de crista. Lo cual tiene una consecuencia en el tiempo muy preocupante como es la ausencia de referentes para las nuevas generaciones que crecen creyendo que no pueden aspirar a ocupar altos cargos dentro del mundo intelectual, científico, financiero y político.

A pesar de todo esto, sigo viendo a muchos hombres e incluso mujeres no considerarse feministas, mostrarse indiferentes o contrarios a esta reivindicación. Aquí entran muchos factores en juego, el desconocimiento de la realidad, una realidad que es muy tozuda si atendemos a los números, o si atendemos a las formas en que se trata a las mujeres, juzgándolas por cómo van vestidas o por si se acuestan con mil personas o ninguna, en no reconocerlas trabajando en sus puestos de trabajo para luego ir a casa y seguir haciéndolo ahí también; en cuestionar las leyes de paridad, pues sin ellas, muchas mujeres con talento no podrían promocionar en algunos ámbitos de la sociedad, muchas veces ocupados por hombres mediocres; en dar pábulo a noticias engañosas como las supuestas denuncias falsas por violencia de género, para lo cual no se apoyan ni en una dato real; el hacerse eco de manifestaciones exaltadas de supuestas feministas, que ni saben lo que es la igualdad; la mentalidad conservadora de algunas personas que ven erróneamente en el mantenimiento del status quo como la mejor alternativa; y por último están los agravios personales, que sobre todo hacen referencia a aquellos hombres, preparados e involucrados en la crianza de sus hijos que pierden la custodia de sus hijos en favor de las madres, pero que aun teniendo razones para sus reclamaciones no se debe obviar todo lo demás, porque la realidad de sus casos no es culpa de las mujeres, sino a lo que decía antes, el no valorar a las personas por su valía, sino por el sexo al que se pertenece.

Para acabar, todo esto sólo tiene una solución, que no es otra que la educación o la reeducación. Una educación global, pero especialmente a los más jóvenes, haciéndoles seguros de sí mismos, de su sexo y su sexualidad, fomentado la libertad, la igualdad de derechos y oportunidades para todos. Una tarea que por desgracia parece complicada si vemos como cada vez se aceptan más los roles en función del sexo y determinados comportamientos se mantienen e incluso agravan en los másjóvenes. Por eso insisto, hay que trabajar sin descanso en el mundo de la educación, para lo cual hacen falta leyes educativas y formación de los docentes adecuada en los valores de la igualdad de todas las personas. Y aunque sólo sea por esto, por un cambio en los modelos educativos que permitan un futura sociedad más justa y democrática, la manifestación de hoy, tiene sentido y debería tener todo nuestro apoyo.

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