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viernes, 25 de noviembre de 2016

Populismos

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En ocasiones veo populistas… podríamos afirmar, parodiando para ello la película de “el sexto sentido”, aunque si atendemos a los análisis políticos actuales, más que en ocasiones, podría decirse que: “A menudo veo populistas”. Y es que parece que la prensa mundial, analistas políticos y los mismos políticos, se hayan levanto un día, y se hayan encontrado el diccionario abierto delante de sus narices por la página donde se definía la palabra “populismo”, y todos se han puesto de acuerdo en encajar, de una u otra manera, esa palabra en todo análisis político. Es más, no conformes con ello, se han compinchado para ver una conspiración a nivel planetario de populismo, independientemente de nacionalidades, ideologías y orígenes.
Un servidor, ante la “popularidad” de dicha palabra, que en boca de tantas respetables personalidades se menciona con relevante asiduidad, me empecé a cuestionar si tendría algún significado oculto que ignoraba, así que acudí al Diccionario de la Lengua Española. Me metí en la página de dicha institución y tecleé cada una de las letras que configuran esta palabra, con la esperanza de encontrar una solución a mis dudas. Pinché en el botón izquierdo del ratón y encontré una solitaria acepción: “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. Mierda para mí -me digo- esto no me aclara un carajo. No, no me aclara nada, porque no creo que exista una sola tendencia política y ni sólo político que no pretenda atraer a las clases populares, más bien todo lo contrario, no hay político sobre la faz de la Tierra que no pierda el culo por atraerlas.
Pero pasada esta incertidumbre inicial me da por usar la poca lógica que hasta ahora me había llevado a diferenciar lo que es populismo de lo que no lo es. A grandes rasgos un populista solía reconocerse por:
1.    Decir las cosas que la mayoría quiere escuchar.
2.    Prometer cosas que se sabe no se pueden realizar.
3.    Dramatizar o agravar realidades concretas usando el miedo.
4.    Difamar e insultar a contrincantes políticos e ideológicos.
5.    Achacar los males de la sociedad a colectivos muy delimitados.
6.    Victimizarse a sí mismo o a la sociedad imaginando conspiraciones.
7.    Poner en tela de juicio, sin rigor alguno, realidades evidentes.

Puede que alguno de ustedes considere que, seguramente con muy buen criterio, sobra o falta alguna razón, e incluso que se puede matizar alguna, pero a priori, estas siete han venido definiendo para mí el populismo hasta ahora.
Lo que es innegable es que el populismo es tan viejo como la misma política, y cualquiera de los políticos que actualmente nos gobierna utiliza alguno de estos argumentos para alcanzar o mantener el poder, y no lo digo por decir, desde el Partido Popular hasta Podemos, pasando por el resto de partidos, independientemente de su corriente ideológica ha caído en alguno de estos aspectos. Esto hace que cada vez sea más difícil identificar a un populista del que no lo es, por eso, tanto tertulianos como político se dedican a calificar a todos populistas mientras el gran público asiste atónito sin saber qué coño pensar.
Pero permítanme que ponga una opinión personal sobre la mesa, el único argumento en el que se apoyan para valorar a otro individuo o partido como populista es que, no son del mismo rango ideológico. ¿Les suena de algo? Relean por favor lo que puse en el punto cuatro de los rasgos típicos de un populista: “Difamar e insultar a contrincantes políticos e ideológicos”. En base a esto se entiende la presencia masiva de esta palabra en los medios, porque lo que suele pasar en democracia es que haya mucha más gente que no piensa como uno que personas que sí lo hagan, por lo tanto, todos son calificables como populistas.
Pero, y permítanme la expresión, lo que más me toca los cojones de todo esto es la falta de rigor, se llama populistas a unos y a otros sin argumentar una mierda, sin que nadie cuestione dichas afirmaciones, y para colmo, los ciudadanos nos tragamos esa mierda entre tertulia y telediario sin decir ni hacer nada, porque el populismo no es sólo político, es una cuestión también de los medios de comunicación, de los sectores económicos que los sostienen y de los ciudadanos que participamos de estos a través del consumo acrítico de los medios. Ahí es donde radica el poder del populismo, en ese complot global, que lucha en pro de la falta de cultura y la desinformación masiva.
Todos nos escandalizamos cuando vemos a Donald Trump como presidente electo de Estados Unidos, pero nadie se percata que para llegar hasta ahí se haya producido una apología de la incultura, la ausencia de análisis cercanos, inteligente y sosegados de la realidad, golpeados por tertulianos vociferantes, titulares y tweets faltos de profundidad; nos apoltronamos en la comodidad de nuestros argumentos, no llevamos nuestra visión de las cosas más allá de la zona de confort; y por supuesto la falta de valor de enfrentarlos a la realidad, instalados en el buenismo y lo políticamente correcto, no hemos hablado de las cosas con la debida claridad, dejando la mierda aparcada, esperando que otros se encarguen de limpiarla.
En este nivel de dialéctica tan lamentable, nos regodeamos en nuestra ignorancia, lanzamos tweets al aire sin ninguna carga argumental. Nos creemos cualquier cosa sin contrastar nada. Somos eslóganes andantes. Las compañías de publicidad ya no anuncian marcas deportivas, restaurantes de comida rápida o refrescos, sino ideologías baratas. Se busca más una frase corta, si puede ser en voz alta mejor, carente de sentido que ridiculiza al interlocutor que un argumento que lo haga dudar, y mientras tanto, los argumentos más sosegados poco a poco se acallan. Ante este espectáculo de gritos, calumnias y frases vacías, se van metiendo a todos en el mismo saco, no diferenciamos a unos políticos, empresarios y periodistas, de otros. Y en este caos, con la complicidad de todos, aquí no hay inocentes, es en el que surgen los verdaderos populistas, los Trump, Le Pen o Petry, y triunfan movimientos como el Brexit.
Llegados a este nivel, la única manera de combatir el populismo, bien sea los casos más leves o los más extremos, es a través de la educación, la que nos enseñe a cuestionar las cosas, incluso las más obvias, saber cuándo nos mienten, cuándo culpan a otros sin motivos o nos prometen cosas irrealizables; la misma educación que nos permite dejar de comprar algo, cambiar de canal, buscar y reclamar información y sus fuentes; y por supuesto, la misma información que nos aleja de los buenismos, haciendo fáciles las cosas que parecen difíciles a priori. No hay nada más peligroso para los populistas, independientemente del cargo o empleo que posean, que un individuo culto. No existe ningún argumento, venga de un político, periodista, empresario u otro ciudadano, que pueda con la información veraz.

Una cosa si les digo, ningún populista a lo largo de la historia ha llegado para irse en su debido momento, ni para consolidar la democracia y las libertades. Nunca se han frenado ante nada ni nadie ¿por qué lo iban a hacer estando arriba?

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