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miércoles, 15 de abril de 2015

Prostitución ¿sí o no?

Me alegro que se haya abierto el melón del debate sobre la situación de la prostitución en España, ya iba siendo hora de enfrentarnos a una realidad presente en las calles de la mayoría de nuestros municipios. En este caso, lo ha hecho Albert Rivera, tras su propuesta de regularizarla, y aunque no defenderé aquí dicha tesis, si considero un acierto esta iniciativa, porque ya va siendo hora que la sociedad española, por primera vez, se plantee un rumbo a tomar sobre este asunto, detrás del cual, se esconden tantas vidas.
La prostitución, según la RAE es la “Actividad a la que se dedica quien mantiene relaciones sexuales con otras personas, a cambio de dinero”, a lo cual yo añadiría favores y servicios; y de esta se dice tradicionalmente que es el oficio más antiguo del mundo, y aunque no hay manera de corroborar semejante afirmación, si es cierto, que la prostitución está presente en nuestra historia, ya no solo desde las épocas de Grecia y Roma, sino de épocas más pretéritas, viéndose ya recogida en el Código de Hammurabi, el cual data del años 1750 a. C. y representa uno de los conjuntos legislativos más antiguos. De esta manera, la prostitución se ha ido desarrollando conjuntamente con la humanidad hasta nuestros días.
En la actualidad, la prostitución, como decía al principio, es una realidad en todas las sociedades del mundo, con mayor o menor visibilidad o permisividad, reglamentación legal o aceptación social. Sea como fuera, lo cierto es que a la prostitución la envuelven dos mantos que no nos dejan ir más allá y conocer la realidad. El primero de ellos es el de la hipocresía. La prostitución existe, es más coexiste al ritmo que se desarrolla el resto de la vida de nuestras sociedades, por lo tanto, negarla solo representa un ejercicio fútil de mirar para otro lado, negar la evidencia. Y no solo diré que existe, sino que está presente en todos los niveles de la sociedad, no conoce de clases sociales, hay quienes practican la prostitución de manera indirecta, ofreciendo su cuerpo para la obtención de algo que desea y otros reciben este ofrecimiento con total normalidad; hay otros que la condenan y la combaten pero que a escondidas recurren a estos servicios de diferentes maneras; incluso los hay que la repudian, sintiéndose estos muy dignos, que incluso hasta van a misa todos los domingos con su familia de la mano, pero luego acuden a los servicios de prostitutas y/o prostitutos.
El segundo manto es el de la realidad, el cual va desde las cifras económicas del estado hasta las tratas de blancas, pasando por la legislación. Hay que dejar claro que la prostitución en España no es ilegal, sino alegal. En el código penal de nuestro país solo se contempla como ilegal la trata de personas y la obligatoriedad o incitación por cualquier medio a ejercerla por parte de unas personas sobre otras. Esto genera un vacío legal a las personas que la ejercen de manera voluntaria, puesto que no poseen ningún tipo de protección social como si pasa en Países Bajos o Alemania, aunque a la vez, se persigue a las personas que trafican con personas y/o las explotan sexualmente, aunque no siempre con acierto. Este vacío hace que la legislación sobre la prostitución recaiga en los ayuntamientos, los cuales se limitan a permitirla en las vías públicas o no, sancionando a clientes y/o los que ejercen dicha actividad; sin embargo no se interviene sobre locales o pisos donde se realiza la prostitución y cuyos anuncios podemos ver en prensa y en algunos otros medios.
La propuesta de legalizar la prostitución tiene como principal finalidad la recaudatoria y no la reducción de la misma. Según un informe de los inspectores de Hacienda del año 2014 esta actividad genera un volumen de actividad económica de 18.000 millones de euros al año, de los que se podrían llegar a tributar 6.000 millones para las arcas públicas y un aumento del 0,6% de afiliados a la Seguridad Social según un estudio del Ministerio de Trabajo de 2006. Sin embargo, esto es una cifra al aire, pues estamos hablando de una actividad en la cual no hay ningún registro y todas las cifras son meras estimaciones, ya que según el Instituto Nacional de Estadística se calcula que en este negocio hay 100.000 personas y casi tres millones de clientes, aunque esta cifra como la anterior no deja de ser una estimación, y nunca una cifra exacta. De estas personas que se dedican a la prostitución la ejercen de manera no voluntaria entre un 95% y un 80%, según el estudio al que acudamos. Como último dato numérico, desde septiembre de 2014 el gobierno del Partido Popular incluyó la prostitución en el cálculo del PIB, el indicador que explica el tamaño y la evolución económica de un país. Así que, desde septiembre de 2014 la prostitución y las drogas, lo cual ha incrementado en unos 46.000 millones de euros el PIB,  o lo que es lo mismo, un aumento del 4,5%.
Con estas cifras vienen las preguntas, porque la vida no solo son números. ¿Regularizar la prostitución va a permitir que todas las personas que la practican regularicen su situación social y laboral? ¿Con la regularización se producirá una mejora de las condiciones de vida de las personas que la desarrollan? ¿Regularizar la prostitución hará que se incremente el número de personas que llegan a España para ser explotadas sexualmente? Si yo tuviera que dar respuesta a esas preguntas sería respectivamente: No, en algunos casos y sí. En todo caso, y aquí va mi crítica a la propuesta de Albert Rivera, esta propuesta es fría y no pretende atajar una situación en muchos casos dramática, sino que sólo se pretende recaudar, olvidándose de las personas por completo, y por supuesto, no prevé la evolución en el terreno social.
Por último está el caso de olvidarnos de la regularización y pasar a la prohibición, ahí tendríamos que pasar hablar de otras situaciones como es el caso de Suecia donde se penaliza a los usuarios de la prostitución y ha traído una reducción de la misma. Sin embargo, esta propuesta iría en contra del derecho de toda personas a decidir sobre su cuerpo, y traída a España en algunas situaciones estaríamos creando grandes bolsas de pobreza, donde hay muchas personas que se ven abocadas a esta realizar esta labor, de manera voluntaria, sí, pero también empujadas por la realidad económica en la que vivimos, que las ha llevado a realizar unas tareas que seguro ni en sus peores pesadillas imaginaron tener que desempeñar, pero a la que se ven abocadas por miedo al hambre, a perder sus casas o al futuro de una familia que no ve salida alguna.
A título personal, no tengo una opinión clara sobre el asunto. Defiendo el derecho a que toda persona haga con su cuerpo lo que dé la gana, siempre y cuando esto lo haga de manera libre y voluntaria, incluso veo bien que se llegue a considerar ésta como una profesión para darle dignidad, reconocimiento y amparo. Sin embargo me muestro contundente en la lucha contra el tráfico, el abuso y la extorsión de personas para ejercer la prostitución, ante lo cual es necesario, no solo toda la contundencia del estado de derecho, sino de la sociedad entera. Presuponer que la legalización de la prostitución repercutirá en una mejora de las condiciones de vida todas estas personas es un ejercicio de predicción muy arriesgado, pero sobre todo, poner en un lugar predominante del argumentario el elemento recaudatorio me parece de una frivolidad excelsa. Aun así, agradezco a Albert Rivera y su partido que saque este tema, que considero requiere de meditación, y que por primera vez un político diga de manera clara su postura y se deje de ambigüedades y de palabras bonitas de para la galería es algo positivo, independientemente de que cada uno piense una cosa u otra.
Para finalizar, una reflexión personal, hasta aquí solo se ha planteado el debate social de la prostitución física, el cuerpo y el sexo, pero quisiera ir más allá y me atrevo a afirmar que en el fondo, todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas nos hemos prostituido, vendiendo nuestros sentimientos, nuestras ideas y hasta nuestra moral al mejor postor.

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