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sábado, 23 de noviembre de 2013

Cuando nos asomamos a las trincheras

Cuando era más joven, crédulo y apasionado tenía muy claras mis ideologías políticas y las defendía con todo el ímpetu que a un individuo de esas edades le suele rebosar por todos los poros de su cuerpo.

Pero uno crece, lee y vive, y se vuelve escéptico, descree del discurso de buenos y malos y ya no le da por parapetarse tras en una zanja, esperando al enemigo bajo las órdenes de otros. Sin embargo sorprende ver como no todo el mundo sigue el mismo camino, haciendo que, de repente, algunos nos sintamos como enemigos de todos en medio de un campo de batalla, repleto de atrincherados, dispuestos a volarle a uno la tapa de los sesos por el mero hecho de no estar en esa trincheras. Y cuando uno está ahí, en medio de la nada, de nada servirán banderas blancas, brazaletes de la cruz roja ni carnés del Alteti, eres un blanco más.

Todavía más sorprendente de esto, es la facilidad con la que se reclutan soldados para las distintas causas y ver como este fenómeno se reproduce generación tras generación en este país llamado España de manera eficiente, y que por cierto, todo sea dicho, debe ser lo único que habremos hecho de manera eficiente los españoles en toda nuestra historia, es más, es incluso un fenómeno que hasta hemos sabido exportar con bastante éxito allí donde hemos posado un pie y transmitido nuestros genes.

Pero como les decía y volviendo al argumento inicial de la segunda estrofa, yo crecí, leí y viví. Esto me hizo renegar, más que de las ideologías, que todavía alguna conservo, de los políticos, de los partidos, de las banderas, de los empresarios, y de todos los dioses habidos y por haber que en algún momento creí o descreí. Me situé en esa tierra de nadie, siendo un blanco más, donde los únicos amigos corren de aquí para allá esperando a que no les pequen un tiro y donde los demás son enemigos.

Así y todo, como les decía, alguna ideología o creencia conservo, una de ellas es de la democracia. Creo en la democracia como sistema menos malo posible, donde no hace falta divinizar a nadie, donde todos los hombres somos iguales y donde el pueblo tiene algo que decir en asuntos de gobierno sin tener previamente que obedecer, ni caer en el caos de la anarquía. Creo en una democracia más allá de un voto cada cuatro años, donde se fomenta la cultura como único remedio para conservarla y conservar sus valores a la vez que como antídoto contra la estupidez que nos arrastra al caos o las dictaduras.

De entre todos los valores democráticos, en el que más creo y el que considero que más falta hace hoy en día es el valor de poder opinar sin necesidad de recibir agravios de ningún tipo por el mero de hecho de opinar. Poder decir si estoy en contra o a favor de una Ley, si creo o no creo en uno u otro Dios o en ninguno, si una persona hace declaraciones inoportunas, desacertadas o imbéciles, o de ciscarme en los muertos, sin necesidad de castigos, penas o insultos por parte instituciones, organismos o fanáticos.

Aunque como les decía, no todo el mundo está por esta labor. Los valores democráticos, son valores muy frágiles, el valor de la libertad y de extenderla hasta donde llega la libertad de los demás, el valor de respeto hacia los demás, la búsqueda del bien común, esa dialéctica donde no todo sea "conmigo o contra mí", sino en pro de preguntar, ser curiosos, entender otras realidades y formas de pensar intentando buscar más puntos en común que elementos de confrontación, etc. Todos estos, elementos muy frágiles en manos muy torpes, porque no todas las personas están a favor de defender estos valores, ya que lograr su defensa requiere de un esfuerzo mental que solo se logra a través del conocimiento y la cultura, y a la hora de la verdad, resulta mucho más sencillo la estupidez asesina de estar atrincherado, buscando un blanco al que matar, mientras otro ríen en sus palacios de oro.

Pd. 1: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo. Voltaire

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